Por: Cornelio Montaño
Para hablar de comunicación de masas, no hay como empezar por definir este concepto. Charles R. Wright define en términos generales a la comunicación como un proceso por medio del cual se transmiten significados o mensajes de una persona a otra.
Sin embargo, si bien desde la prehistoria y hasta nuestros días el hombre ha tenido la necesidad de comunicarse para poder darse a entender y como una necesidad para poder sobrevivir, el proceso ha sufrido modificaciones en la medida que la sociedad ha evolucionado y crecido, al grado de considerarse hoy por hoy a la comunicación como una ciencia, e identificándose diversos tipos de comunicación humana.
El objeto de estudio de Charles R. Wright en esta obra es un tipo específico de comunicación: la comunicación de masas. El autor establece que invariablemente el término comunicación de masas por lo general la gente lo asocia con medios de difusión como la televisión, la radio y los periódicos, principalmente. Pero antes que aceptar simplistamente esa asociación del término con los medios, Wright va más allá y advierte la necesidad de tomar en cuenta ciertos factores o condiciones distintivas, para poder considerarla comunicación de masas.
Tales condiciones distintivas se refieren a cuál es la naturaleza del auditorio, así como a la experiencia de comunicación y al comunicador. Es decir, para llamarla comunicación de masas el mensaje o significado tiene que estar dirigido a una auditorio numeroso, de público heterogéneo, que la mayoría no se conozca entre sí y tampoco conozcan directamente a su interlocutor, entiéndase un conferencista o un conductor de radio o televisión, por ejemplo. Y sin embargo, para que a un auditorio de le considere “grande”, esto se debe dejar al criterio y a la relatividad. Es relativo, porque así como puede considerarse auditorio “grande” al público asistente al Estadio Azteca, lleno a su máxima capacidad, también puede catalogarse de “grande” al auditorio conformado por 200 asistentes a una conferencia magistral sobre drogadicción.
En resumen, la revolución tecnológica en los medios de difusión, los alcances cada vez mayores que se logran, han masificado al auditorio, los mensajes llegan a más personas, independientemente del público objetivo al que quieren llegar.
Además de las condiciones antes citadas, la comunicación de masas tiene como características que es pública, rápida y transitoria.
Pública porque está dirigida a un conglomerado general sin costo alguno, es decir, no está restringida como actualmente sucede con ciertos tipos de señales televisivas que se manejan a través del circuito cerrado, donde inclusive se ha creado la modalidad del “pago por evento” o “pago por ver”, de tal manera que quien desee acceso a ese tipo de programación tiene que pagar por obtener el acceso a la señal satelital.
La comunicación de masas también es rápida y transitoria, porque los mensajes que se envían son cortos y no buscan un impacto duradero, permanente, sino del momento, y en general es un producto perecedero.
Con respecto al uso del término “masiva”, aunque no es el caso de Charles R. Wright, hay otros autores que le atribuyen tal adjetivo a este tipo de comunicación humana por considerar que en general el auditorio televidente, lector o radioescucha es en sí una masa, sin forma, dependiente y manipulable.
Es decir, se trata de un auditorio necesitado de que los medios masivos le decodifiquen, le interpreten y expliquen en sus palabras los sucesos y las formas en que afectan su entorno y por lo tanto su cotidianidad, y es esa dependencia, esas ganas de no interpretar, lo que lo hace susceptible de ser manipulado por los mensajes que generan los medios masivos con fines persuasivos, lo mismo para imponer ideologías, religiones y costumbres, que despertar ansiedades y necesidades.
La comunicación de masas desempeña un papel fundamental en los gobiernos y en las empresas privadas para ejercer control sobre la población; pero a la vez ha permitido el florecimiento de la oposición. Es un instrumento de dos filos que debe ser manejado con sumo cuidado, porque corta por ambos lados, de tal manera que como puede tener consecuencias funcionales para el buen desarrollo de la sociedad, también las puede tener disfuncionales y generar efectos negativos que deriven en un clima de inestabilidad social.
Para ejemplificar esto, hablemos del papel que hoy por hoy desempeñan los noticieros de Televisa y de Televisión Azteca.
Nadie puede negar la gran aportación realizada por la radio y la televisión mexicana en la transición democrática que vive el país, reflejada en una inusual apertura y libertad informativa, mismas que son condición indispensable para avanzar en todo régimen que presuma de ser democrático.
Hoy los noticieros de radio y televisión critican abiertamente al gobierno y hasta pasan al aire programas de parodias donde se hace mofa de los gobernantes y políticos vigentes; pueden ridiculizar al mismo Presidente de la República sin consecuencia alguna para quien lo hace, cuando por mucho menos que eso en regímenes anteriores al de Vicente Fox se asesinaba o amedrentaba a periodistas, o simplemente se desaparecían.
Da la impresión de que los medios de comunicación masiva de México no estaban preparados para actuar en plena libertad, porque no la tenían, y de pronto, de la noche a la mañana incurrieron en un total libertinaje, en un periodismo irresponsable sin compromiso con el país y con sus instituciones.
Los noticieros de Joaquín López Dóriga (Televisa) y de Javier Alatorre (TV Azteca), haciendo honor a ese libertinaje mediático al que ha conducido la libertad, tolerancia y apertura del nuevo gobierno en México, están convertidos en publirrelacionistas de la delincuencia organizada, en su modalidad de narcotráfico y secuestro.
La fuente de poder de toda banda criminal radica en su capacidad de organización, de movilización, de acopio de información y de compra de voluntades. Pero principalmente su poder lo basan en el miedo, en propagar el terror entre la población y para ello ajustan cuentas y asesinan en la vía pública a plena luz del día, para asegurarse de que se note lo que hicieron.
Y para que se sepa y se note lo que hicieron, obviamente se necesita que alguien lo informe, que lo den a conocer. Ese es el papel que están jugando Televisa y TV Azteca, el de “dar a conocer”, “anunciar”, “propagar”, o como se le quiera llamar, la gran obra de los jefes de los cárteles de la droga, los crímenes violentos que cometen en todo el territorio mexicano, para que nadie se atreva a meterse con ellos, y de paso les hacen el favor (a los Guzmán, los Arellano, los Carrillo, etc.) de atacar sin piedad a las instituciones mexicanas encargadas de combatirlos.
Las grandes empresas televisoras le cobran al gobierno muchos millones de pesos por dar a conocer una buena noticia, un buen programa de gobierno, y en cambio al “Chapo” Guzmán no le cobran ni un peso por dar a conocer todo su “plan de trabajo”, por “informar” cuántas toneladas de droga metió este mes a Estados Unidos, los millones de dólares en ganancias que tuvo el año anterior, cuántas propiedades se ha comprado, a cuántos policías, ministerios públicos, jueces y magistrados ha mandado matar.
Es el gran riesgo que se corre con una comunicación masiva no regulada, sin compromiso social. Terminan por cometer un “secuestro psicológico” contra el auditorio que los escucha y los ve. Se adueñan de las mentes y manipulan a las masas.
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